La abiogénesis terrestre: el único origen comprobado de la vida

En los últimos meses, publicaciones y mensajes en redes sociales como Instagram han difundido narrativas sensacionalistas sobre una supuesta “invasión alienígena” y han llegado incluso a afirmar que el cometa 3I/ATLAS sería una nave extraterrestre. En las observaciones del cielo y encuentros de astrónomos amateurs estas narrativas generan preguntas frecuentes sobre ovnis y vida alienígena. Frente a ese clima de rumores, es importante ofrecer una evaluación científica clara y accesible para quien quiera aprender: explicar qué sabemos, qué desconocemos y por qué la evidencia actual apoya de forma concluyente que toda la vida conocida proviene de un origen terrestre por abiogénesis.

Abiogénesis

La astronomía y la astrobiología han demostrado que los ingredientes y las condiciones para la vida son excepcionales en el cosmos, además de que no existe hasta hoy evidencia directa, reproducible y verificada de vida fuera de la Tierra. Toda la vida que conocemos —desde bacterias hasta plantas y seres humanos— comparte rasgos moleculares y un linaje que remiten a una única biosfera y a un proceso de abiogénesis ocurrido en la Tierra primitiva hace miles de millones de años.

¿Qué es la abiogénesis y cuál es la evidencia geológica?

La abiogénesis se define como la transición natural de la química inerte a los primeros sistemas autorreplicantes y metabólicamente activos. La evidencia geológica —incluyendo isótopos de carbono biogénico en rocas muy antiguas y fósiles microbianos— indica que la vida surgió en la Tierra hace aproximadamente 3800 millones de años. Ese registro fósil y geoquímico constituye la evidencia directa y empírica de que la vida se originó aquí.

La química prebiótica es universal, pero la biología no está verificada fuera de la Tierra

Observaciones astronómicas y análisis de meteoritos muestran que los bloques químicos de la vida —aminoácidos, nucleótidos simples, moléculas orgánicas complejas— aparecen en entornos cósmicos diversos. Misiones y sondas han detectado compuestos orgánicos en cometas, en meteoritos y en la superficie marciana. Esto prueba que la química prebiótica es excepcional. Sin embargo, el salto de la química a la biología —es decir, la aparición de organismos autorreplicantes con metabolismo y reproducción— sólo está verificado empíricamente en la Tierra.

Exoplanetas y zonas habitables: probabilidad versus evidencia

La detección de miles de exoplanetas, algunos en la llamada “zona habitable”, incrementa la probabilidad estadística de que existan entornos favorables a la vida, tanto como jugar todas las semanas a la lotería. La habitabilidad potencial no equivale a la presencia de vida, de igual modo que la ludopatía es un buen negocio para el estado. Hasta ahora, las búsquedas de biofirmas y tecnofirmas en atmósferas exoplanetarias o en emisiones radioeléctricas no han producido ninguna detección confirmada de organismos o civilizaciones fuera de la Tierra.

El gasto mundial en la búsqueda de biofirmas y tecnofirmas durante las últimas tres décadas (1995–2025) se sitúa entre 3.500 y 5.000 millones de dólares estadounidenses. Esta cifra incluye no solo las misiones espaciales dedicadas al estudio de exoplanetas —como Kepler, TESS, CHEOPS y ARIEL— y los programas SETI privados como Breakthrough Listen, sino también una parte proporcional del uso de grandes telescopios terrestres (ELT, GMT, TMT) y de los presupuestos de astrobiología de agencias como la NASA y la ESA, que apoyan investigaciones directas y teóricas sobre la detección de vida en el universo.

Estudios de misiones y cuerpos del Sistema Solar

Las misiones modernas (rovers marcianos, sondas que han sobrevolado o muestreado lunas heladas como Europa y Encelado, telescopios espaciales como JWST) buscan directamente biofirmas y condiciones habitables. Aunque se han detectado agua, océanos subterráneos y moléculas orgánicas, estos hallazgos no constituyen evidencia de vida. En otras palabras: miles de millones de dólares no han podido aportar evidencia de formas de vida verificada fuera de la biosfera terrestre.

Extremófilos y la ampliación del concepto de habitabilidad

El descubrimiento de extremófilos en la Tierra (organismos que sobreviven en condiciones extremas) amplía las condiciones en que la vida puede prosperar, pero todos esos organismos comparten un ancestro común dentro de la biosfera terrestre. No existe, en los registros microfósiles o genéticos, evidencia de una segunda génesis independiente dentro de la Tierra que pudiera indicar procesos biológicos separados coexistiendo con la biosfera conocida.

Pensamiento crítico vs propaganda

Ambiciones obsesivas, repitiendo errores del pasado

A lo largo de la historia, la humanidad ha anunciado en varias ocasiones el supuesto descubrimiento de vida extraterrestre, solo para aclarar después que se trataba de interpretaciones erróneas o ilusiones colectivas alimentadas por el entusiasmo y la falta de evidencia sólida. Un ejemplo clásico es el de los “canales de Marte”, observados por el astrónomo Giovanni Schiaparelli en el siglo XIX y popularizados por Percival Lowell, quien los interpretó como obras de ingeniería de una civilización marciana avanzada. Décadas más tarde, mejores telescopios y las primeras sondas espaciales demostraron que aquellos canales eran simples ilusiones ópticas. Casos más recientes, como el supuesto microfósil marciano en el meteorito ALH84001 o las interpretaciones prematuras de señales de radio anómalas (como la famosa “Wow! signal”), siguen el mismo patrón: un entusiasmo inicial que se desvanece ante la falta de verificación independiente. Estos episodios muestran cómo el deseo de encontrar vida más allá de la Tierra puede sesgar la interpretación de los datos, y por qué la ciencia insiste en la necesidad de prudencia, revisión y evidencia reproducible antes de proclamar cualquier hallazgo extraordinario. Las fosfinas en Venus o la esfinge de Marte llenaron páginas enteras y crearon ilusiones pasajeras, pero al igual que los casos anteriores, terminaron desvaneciéndose cuando el escrutinio científico reveló explicaciones naturales mucho más plausibles. En el caso de las fosfinas en Venus, inicialmente interpretadas como una posible biofirma en 2020, posteriores análisis mostraron que las señales espectroscópicas podían explicarse por errores instrumentales o por la presencia de dióxido de azufre en la atmósfera, sin necesidad de invocar procesos biológicos. De modo similar, la famosa “esfinge de Marte”, una formación rocosa en la región de Cidonia que parecía mostrar un rostro humanoide en las imágenes tomadas por la sonda Viking en 1976, resultó ser un simple efecto de luces y sombras, desmentido décadas después por fotografías de mayor resolución. Incluso hallazgos recientes como el dimetil sulfuro en el exoplaneta K2-18b (2023) permanecen sin confirmar ninguna forma de vida extraterrestre. Estos ejemplos subrayan cómo la combinación de datos no verificados, la ambición de grandes titulares y quizá hasta la intención de generalizar un acontecimiento único en la historia del planeta - jamás reproducido en laboratorio - como es la abiogénesis terrestre, puede generar falsas certezas y vender muchos libros. Cada uno de estos episodios refuerza el principio fundamental de la investigación científica: que la veracidad de un hallazgo no depende de su atractivo mediático, o potenciales intereses desinformativos, sino de su capacidad para resistir el examen crítico, la repetición experimental y la revisión rigurosa de la comunidad científica.

Rumores, redes sociales y cómo evaluar afirmaciones extraordinarias

Afirmaciones como “3I/ATLAS es una nave extraterrestre” o mensajes virales sobre invasiones alienígenas deben ser tratadas con escepticismo científico: la carga de la prueba recae en quien afirma algo extraordinario. Las vías científicas validan hipótesis mediante observaciones repetibles, revisadas y compatibles con el marco teórico. Cuando aparecen anomalías observadas —por ejemplo, brillo atípico o aceleraciones no gravitacionales en un cometa interstelar— la respuesta científica adecuada es (1) observar más datos, (2) contrastar hipótesis naturales (sublimación, fragmentación, emisión de gas) y (3) publicar y someter resultados a revisión. Mientras no exista evidencia reproducible y verificada de naturaleza biológica o tecnológica, las explicaciones naturales son las que deberían llegar al público y a toda la comunidad científica.

Principio metodológico: las afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias. Hasta que tales pruebas existan, la interpretación científica debe adherirse a las explicaciones más sólidas y robustas.

Apoyo a la divulgación responsable

Para divulgadores, astrónomos amateurs y educadores: cuando surjan preguntas en actividades de observación o en redes sociales, conviene:


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Zaragoza, Agrupación Astronómica Aragonesa